El viaje de Sofía
Sofía era una joven estudiante, como todas las demás. Aunque ella era muy reservada, sufría acoso escolar.
Era muy buena estudiante, tenía unas notas envidiables por muchos de sus compañeros y compañeras. Pero esos resultados no la hacían feliz, se sentía muy sola y no tenía con quien hablar ni salir. Su tiempo de estudiante fue de soledad absoluta. Después no volvió a ver a sus compañeros, tampoco les echó de menos.
Para Sofía fue una auténtica liberación. Esa época escolar la destrozó psicológicamente hasta el punto de no querer salir de casa por miedo a que alguien pudiese meterse con ella. Su ansiedad crecía cada vez más, pero la opción de ir a un psicólogo no era posible.
En casa, Sofía, vivía únicamente con su madre, Olivia. El padre las abandonó cuando Sofía aún era un bebé. Su madre tuvo que criarla como pudo, trabajaba en una residencia de ancianos, a Sofía esto le daba ternura.
Sofía se mostraba reacia a interactuar con el resto de la sociedad y pasados unos meses de haber acabado sus estudios Sofía seguía recluida en casa por lo dura que había sido su adolescencia.
Su madre Olivia, preocupada por la actitud de su hija, decidió tener una charla con ella. Tras una distendida conversación con su hija le estuvo explicando que tal vez debería salir más de casa y no estar siempre encerrada. Esto a Sofía no le gustó y se fue refunfuñando a su habitación. “No sé qué voy hacer con esta hija, no sé cómo voy a hacer para animarle a salir de casa”, se lamentaba su madre con desesperación mientras tosía repetidamente augurando que nada bueno significaba.
Una fría mañana de enero en el que la nieve cubría toda la región y dejaba al pueblo incomunicado, Olivia se disponía a salir de casa para ir al trabajo, cuando de repente comenzó a notarse indispuesta y en cuestión de segundos perdió el conocimiento, cayendo sobre el piso, provocando un estruendo que despertó a Sofía de su letargo y haciéndole correr hasta donde su madre se encontraba tumbada.
La joven imploraba con secreción en los ojos y con desesperación anhelando que su madre recobrara la consciencia. Tras comprobar que su madre tenía pulso, acomodó la cabeza en una almohada y espero impaciente que despertara.
—¡Mamá, mamá! — exclamaba Sofía mientras su madre miraba a su alrededor algo desorientada.
—Sofía, sé que para ti es incómodo tener que salir de casa, pero debo pedirte un favor—suplicaba Olivia.
—Claro mamá, lo que sea—respondía la joven, aún con los ojos llorosos del susto.
—Estoy enferma y con esta nieve, todos los comercios están sin víveres y sin medicamentos. Por eso necesito que vayas a la montaña y en los alrededores de la cabaña abandonada hay plantas medicinales con las que poder curarme, tú ya conoces bien la planta. Debes tener cuidado porque hace mucho frío y con este tiempo te va a costar ir, recuerda que la cabaña está a un día de aquí—advertía Olivia, mientras que Sofía atendía a su madre. Tras escuchar esas palabras, Sofía buscó su mochila que tenía guardada en el desván de cuando iba de excursión con el colegio. “Saco de dormir, termo, manta, brújula, bastones de senderismo, gafas de ventisca, bocadillos, anorak acolchado...”, enumeraba para sí misma lo que necesitaba para salir de expedición.
A primera hora de la mañana, Sofía se despidió de su madre y salió del pueblo en dirección norte. Mientras avanzaba en la marcha, contemplaba las vistas que en el paisaje afloraba a los alrededores del pueblo y que a Sofía le hizo pensar que igual no estaba tan mal salir de casa y poder disfrutar de los paisajes de la zona. Ver a los zorros en carrera para dar caza de las liebres, una madre ciervo con su cervatillo y ver a las truchas por las aguas cristalinas del río junto al pueblo, Sofía fue siguiendo la contracorriente del río que le llevaría a la cabaña abandonada.
Tras andar durante horas y ya en el ocaso encontró la cabaña, entró en ella y encendió un fuego en la chimenea con leña que encontró en el interior. “Mañana cuando amanezca saldré a buscar la planta que mamá me pidió que le llevase, ahora recuperaré fuerzas que ha sido un día agotador”.
A la mañana siguiente, salió de la cabaña y en lo alto de una roca encontró la planta que buscaba, se puso muy contenta. Recolectó todas las que pudo y emprendió el viaje de vuelta aprovechando que el sol relucía y la nieve poco a poco se derretía.
En la zona media de la montaña, donde los arboles formaban un pequeño bosque, Sofía fue sorprendida por un oso, cuando parecía que el animal le iba a alcanzar apareció un lobo captando la atención del plantígrado y permitiendo a la joven salir incólume del lugar.
Unos minutos más tarde, un buscador de setas de la edad de Sofía llamado Darío apareció por el camino, el joven con preocupación por los gritos que escuchaba, acudió hasta ella con celeridad y preguntó que sucedía. Pasada una hora y tras contarle lo ocurrido y con más calma emprendieron la vuelta a casa, eso sí, con mucha atención por si aparecía otra amenaza. Hablaron mucho de camino y Sofía se sentía muy a gusto con para su sorpresa, estaba socializando y no le estaba desagradando. El resto del camino por suerte no volvieron a encontrarse ningún otro peligro.
Al llegar a casa comprobó cómo se encontraba su madre, estaba débil. Con las plantas y setas que le dio su nuevo amigo hizo un caldo para que lo tomara. Al día siguiente ya se encontraba mejor. La joven le contó su aventura en el viaje y como conoció a Darío.
El viaje enseñó a Sofía que por su madre haría cualquier cosa, mejoró de la ansiedad y gracias a eso conoció nuevas amistades. Sofía tras ese viaje vive enamorada de la vida.

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